Ministerio de Relaciones Exteriores
Lunes, 16 Enero 2017 20:55

El innegable aporte de nuestros Acuerdos de Paz

Escrito por  Hugo Martínez / Ministro de Relaciones Exteriores
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Este 16 de enero, El Salvador conmemora un hito que cambió el curso de su historia. Son 25 años los que se cumplen desde que, en el Castillo de Chapultepec, México, dos bandos que habían protagonizado un duro y largo conflicto interno decidieron superar sus diferencias por la vía del diálogo, callar las armas y firmar unos Acuerdos de Paz que permitieran empezar a construir un nuevo país en democracia.

Aun hoy, esos acuerdos, sin precedentes en la región latinoamericana en aquel momento, siguen siendo considerados por la comunidad internacional como un referente exitoso de resolución de conflictos a través del diálogo y la negociación. Por supuesto, no se trata de una apreciación parcial o superficial de la realidad salvadoreña y sus logros a partir de 1992, sino que es una que parte de colocar nuestros Acuerdos de Paz en su justa perspectiva.

Y es que valorar los resultados de los Acuerdos de Chapultepec merece, en definitiva, no solo situarnos en el momento histórico en el que se alcanzaron, sino también frente a los problemas concretos que buscaban resolver.

El principal resultado de estos acuerdos fue el fin de un conflicto armado que había cobrado ya la vida de decenas de miles de personas. Y junto a ese importante logro, los compromisos asumidos conllevaron también a una serie de reformas, a la creación de una nueva institucionalidad, a la apertura de espacios políticos, el establecimiento de un cuerpo de seguridad pública no supeditado al poder militar, y a la libertad de prensa y de expresión de la que gozamos en estos días.

Hoy, aun con las naturales diferencias de opinión entre algunos sectores, tenemos indiscutibles libertades para disentir públicamente, instituciones que garantizan el respeto a los derechos humanos, que ejercen pesos y contrapesos en el Estado, que permiten exigir cuentas claras a los distintos Órganos y gobiernos locales, así como mecanismos plurales y multisectoriales para participar de forma activa en la toma de decisiones de relevancia nacional.

Son todos estos derechos y libertades que hoy damos por descontados, con los que las nuevas generaciones ya nacieron, pero que previo a la firma de la paz estaban coartados para la población salvadoreña, so pena de sufrir persecución política u otros graves abusos, e incluso perder la vida. En haber superado todo ello, sin ninguna duda, radica la incuestionable importancia de lo que hemos logrado.

Que tenemos aún muchos otros desafíos por superar, es cierto, como también lo es que se trata de nuevos retos que los firmantes de los Acuerdos de Paz no podían resolver desde aquel entonces. Los compromisos asumidos en 1992 no pretendían ni podían anticipar la solución a los problemas de 25 años después, sino que buscaban abrir el camino para que, como sociedad -en un escenario donde hubiera respeto a la libertad de pensamiento, de expresión, a los derechos humanos y a los mecanismos democráticos- pudiéramos en adelante seguir dialogando para, en cada momento futuro de nuestra historia, buscar en conjunto las respuestas a los desafíos que se nos presentaran.

Esa es la tarea que, de manera constructiva, nos corresponde asumir ya no a dos bandos en contienda -ni siquiera solo a los dos principales partidos políticos del país-, sino a todos y todas las que hoy estamos al frente de la vida política nacional, y a quienes lideran la empresa privada, la academia, la sociedad civil organizada, a los jóvenes que ya están asumiendo el relevo generacional en la conducción del país.

Y es por ello además que, confiando en la capacidad que ya tuvimos en el pasado, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) nos está apoyando una vez más, con un representante de alto nivel de su Secretario General, en el proceso de lograr una nueva generación de acuerdos alrededor de los principales temas que hoy necesitamos atender.

Este respaldo no sería posible sin el innegable aporte de nuestros Acuerdos de Paz, unos que este 16 de enero debemos sentirnos orgullosos de conmemorar, pero que, sobre todo, debemos aprovechar como una oportunidad de oro para refrendar nuestro compromiso con el diálogo y con una agenda de nación que nos permita convertir a El Salvador en un país más próspero, seguro, justo y con equidad, en el que todos sus ciudadanos puedan vivir con dignidad.

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